Calendarios de papel: publicidad y productividad

Con el fin del año viene el ritual de muchos hogares y oficinas: conseguir nuevas agendas, planificadores o calendarios para colgar en las paredes o poner en los escritorios.

En la era de los teléfonos inteligentes y de Internet se podría pensar que los días de los calendarios de papel están contados, pero los datos sugieren lo contrario. No sólo han sobrevivido a la revolución digital, sino que las ventas de algunos tipos de calendarios impresos han aumentado.

La personalización ha ayudado a que los planificadores y los libros de citas sean populares. Ahora un consumidor puede personalizar un planificador para adaptarlo a su estilo con accesorios, colores e incluso códigos de colores para eventos y actividades. Y eso no es algo que puedas hacer en el calendario estándar del teléfono, por muy smartphone que sea.

Los calendarios tradicionales son un buen método para mantener la productividad: son un soporte tradicional y en muchas ocasiones más visual que un teléfono. Al tenerlo colgado de una pared o sobre la mesa del ordenador lo tenemos a la vista constantemente, y podemos llegar a combinar la estética con la funcionalidad. Esto hace que el analógico y el digital puedan coexistir fácilmente.

Otro punto a favor de este método es que poner un calendario digital implica que salgan más pitidos, notificaciones y se cope más RAM en el ordenador, lo que no dejan de ser distracciones para el trabajador. Un planificador en papel es así más eficiente.

Puede parecer anacrónico que un producto impreso pueda prosperar y competir en la era digital. Pero el continuo éxito de algunos calendarios de papel refleja el mismo que el de los libros impresos, una industria que hace varios años se enfrentaba a lo que parecía ser la posibilidad real de que los libros electrónicos le comieran el terreno. En lugar de eso, una encuesta de este otoño demostró que la mayoría de los lectores todavía preferían su material de lectura impreso en papel.

Sin embargo, la popularidad de algunos calendarios –almohadillas de escritorio o los que cuelgan de la pared– ha disminuido en favor de los que se colocan sobre la mesa.

Si bien es verdad que su uso en las oficinas está cayendo (ha pasado de un 2,56% de calendarios en papel por negocio en 1981 a un 2,10% en 2011) la realidad es que el descenso es apenas significativo teniendo en cuenta el auge de la era digital y cómo los programas y aplicaciones han sabido vender bien los aumentos de la productividad.

Más calendarios móviles, menos de ordenador

Un artículo de 2008 del Virginia Tech, titulado «Un estudio exploratorio del uso del calendario personal», predijo que el final de los calendarios electrónicos sería rápido e inevitable. «Con el uso creciente de dispositivos móviles, cada vez más tareas del calendario se realizan fuera del ordenador de sobremesa», se puede leer en el artículo.

Un punto brillante en la industria siguen siendo los calendarios promocionales, como los distribuidos por inmobiliarias, profesionales médicos, talleres de reparación de automóviles y otros negocios. Como porcentaje de ventas de productos promocionales, las ventas de esos calendarios se han mantenido o incluso aumentado ligeramente entre2012 y 2015, según cifras de la industria.

De hecho muchas empresas han encontrado en estos calendarios de papel un vehículo publicitario eficaz con un atractivo para el mercado masivo. Otro estudio ha encontrado que el 82 por ciento de los que reciben estos objetos disfrutan recibiendo un calendario como regalo complementario y el 70 por ciento planean hacer negocios con la compañía que proporcionó el calendario. Podría incluso formar parte del salario emocional del trabajador, así como idea.

Es decir, que no solo estamos ante una herramienta que sobrevive en medio de una era digital, sino que además se convierte en un arma para aumentar la productividad, la eficiencia y la felicidad de los empleados. ¿Más dudas para volver al papel?