Cómo se mide la productividad y cómo aumentarla

Hablar de productividad, o mejor dicho, de cómo hacerlo, es hacerlo del mayor problema que existe para un empresario con un proyecto en marcha.

Antes de ponerse con la mejora de esta, lo primero que debe hacerse es medir esta, ya que solo así sabremos cuáles son los niveles aceptables tanto para un proyecto en concreto como dentro de nuestro entorno.

En busca de mesurar la productividad laboral se inventó una unidad de medida aceptada a nivel internacional. Esta es la del PIB por hora trabajada. Un indicador que es el resultado del análisis de distintos factores como son los imputs de trabajo y los factores de producción.

El imput de trabajo es el total de las horas trabajadas de todos los actores implicados en el proceso de producción. La productividad, así, a secas, refleja en números tanto las capacidades de los empleados como la intensidad de su esfuerzo.

¿Cómo mejorar la productividad laboral?

Una vez sabemos los factores que se tienen en cuenta a la hora de medir la productividad llega el momento de responder a la gran pregunta: Cómo podemos mejorar los datos de productividad. Una cuestión a la que se ha tratado de responder a través de muy distintos trabajos.

Algunos de los más recientes, que han sido portada en las últimas fechas por la magnitud de sus propuestas, hablan de que una de las formas para conseguirlo consiste en recortar la jornada laboral, como se está planteando Alemania, y no recortando la semana laboral, como aprobó hace poco tiempo Nueva Zelanda.

Uno de los ejemplos paradigmáticos en este asunto es Suecia, donde el gobierno aprobó la reducción de la jornada completa a seis horas. Una modificación que supuso una mejora en la calidad de vida de los trabajadores que, a falta de tesis probadas, parece estar dando muy buenos resultados. Y es que las largas jornadas, repletas de parones y fracciones de baja producción, parecen ir en contra de una jornada comprimida al 100% en términos de productividad.

Otro de los casos de estudio interesantes es el de Islandia, donde en su capital redujeron su semana laboral a cuatro días. A pesar del total de horas recortadas al mes, la productividad se mantuvo. Eso sí, los niveles de satisfacción laboral aumentaron notablemente y los días de baja entre los trabajadores menguaron ostensiblemente.

Algunos de los estudiosos de la productividad que han analizado en profundidad ambos casos han coincidido en que, si bien existen empleos que necesitan de largas jornadas presenciales, como es el caso de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, de los médicos o de los cuidadores, en los que se hace necesaria una rotación constante de profesionales para que no pare la rueda, en la mayoría de profesionales de ‘oficina’ es posible reducir las jornadas sin que se resientan los niveles de producción.

Para estos, trabajar menos horas con objetivos de producción determinados parecen una mejor solución que obligarles a trabajar durante ocho horas provocando que se dilaten los tiempos de entrega hasta la finalización de sus obligaciones.